Gobernar es ensuciarse. Es cansarse. Es conseguir callos en las manos. Y es terminar la gestión dando resultados.
Gobernar no es una meta, sino un camino. Quien llegue a gobernar un municipio, un estado, o el país lo hace porque quiere un cambio, una mejora. Porque quiere trascender por su trabajo en bien de la mayoría.
El problema hoy es que la mayoría de los gobernantes creen que llegar al poder es un premio, y que sentarse en una silla no es para tomar decisiones, sino que llegaron a su cargo para que la gente les admire, hable bien de ellos, y les haga caravanas. Para eso llegaron. Me lo merezco, dirán.
Por eso estamos como estamos. Porque el gobernante no se quiere ensuciar combatiendo el crimen. Porque el gobernante quiere hacer obras para que lo recuerden (y si de paso pueden inflar su bolsillo, mejor). Porque el gobernante quiere pasar a la historia.
Si los asesinatos campean, bastará con soltar una frase rimbombante y luego voltear a otro lado. Algo así como “Se investigan los hechos y se atienden las causas”. Y ya. A otra cosa.
Y si se hace una obras, el esfuerzo es para que sea ostentosa, grande, y que se pueda comprar con las mejores del mundo. Aunque no sirvan mucho para los ciudadanos.
Se trata de disfrutar los viáticos, sentarse en los mejores lugares, recibir a políticos y gobernantes famosos, y hacer como que se trabaja mucho, cuando en realidad necesitamos mujeres y hombres que se ensucien; que se saquen callos; que den resultados.
Y de esos hay muy pocos.